Un saludo a todes!

Hola a todos.

Paso por aquí para saludar. Últimamente estoy bastante desvinculado del foro, tengo muchos frentes abiertos y ya no participo como antes, pero de vez en cuando me acuerdo de vosotros y entro a echar un vistazo.

Estoy escribiendo un libro. No sé si algún día llegará a salir a la luz, pero me apetecía compartir con vosotros uno de los capítulos.

No tiene que ver con la madera, pero sí con otra de las cosas que siempre ha formado parte de mi vida: la montaña.

Ahí va.

Un abrazo a todos y, como decís algunos por aquí…

¡Muchas virutas!

Margalef y el muro de Soledad

—No tengas miedo allá donde vayas. Ten por seguro que te buscaré.

Pensaba en aquella frase cuando los recuerdos llegaron en cascada.

—¿Dónde vas? ¿Al Puente?

—No, mamá. Me voy a Margalef.

—Ah, Margalef. Qué pueblo más bonito.

Me quedé mirándola.

—Mamá, creo que te confundes. Tú no conoces Margalef de Montsant. Está en Tarragona y nunca me has hablado de él.

—¿Cómo que no conozco Margalef? Lo dirás tú. Ese era el pueblo de mi madre y de mis abuelos. Iba allí de pequeña.

—¿Cómo?

Llevaba años viajando a Margalef para escalar. Era uno de mis lugares preferidos y mi madre nunca me había contado que nuestra familia procedía de allí.

—Pregunta en el pueblo —me dijo—. Diles que eres el nieto de Soledad, la hija de Joaquina y Félix.

Vamos, hombre. Ahora resultaba que aquel rincón perdido entre las paredes y los pinares de la sierra del Montsant también formaba parte de mi historia.

La siguiente vez que fui entré en el bar de la plaza. Lo regentaba un matrimonio mayor que llevaba allí toda la vida. Mis amigos y yo acabábamos de escalar y nos habíamos sentado a beber unas cervezas. En un momento de la conversación me acerqué a la barra.

—Perdone, creo que mi familia era de aquí.

El hombre me miró con curiosidad.

—¿Cómo que era de aquí? ¿Quiénes eran?

—Mis bisabuelos se llamaban Joaquina y Félix. Su hija era Soledad. Mi abuela.

El hombre abrió mucho los ojos y se volvió hacia su mujer.

—Home! Saps qui és? És el net de la Soledad.

En una mesa grande y redonda, de aquellas bajo las que antiguamente colocaban un brasero para calentarse las piernas, había un grupo de hombres mayores jugando a las cartas. El dueño del bar alzó la voz.

—¡Oye! ¿Sabéis quién es este? ¡Es el nieto de la Soledad, la hija de la Joaquina y el Félix!

Todos levantaron la cabeza.

Empezaron a mirarme con atención. Uno decía que me parecía a mi abuela. Otro aseguraba que tenía algo de Félix. Lo típico que se dice en los pueblos. Yo los observaba intentando encontrar aquel parecido que ellos parecían ver con tanta claridad.

No veía ninguno.

Uno de aquellos hombres se levantó y se acercó.

—Yo tengo la casa que fue de tus abuelos. Si quieres, vamos y te la enseño.

Mis amigos seguían sentados con las cervezas, riéndose después de la jornada de escalada. No me apetecía marcharme con un desconocido.

—No, gracias. Otro día. De verdad.

Nunca fui.

Ahora me arrepiento.

Cuando llamé a mi madre y le conté lo sucedido, se rio. Ella tenía razón. Después algunos de mis tíos empezaron a contarme historias de la familia y de aquel lugar.

Yo no entendía cómo habían llegado mis bisabuelos hasta Margalef. En teoría procedían de Murcia. En aquella época alcanzar aquel pueblo debía de ser una aventura: montañas, pinares, paredes de roca y una carretera perdida entre la sierra.

En la familia circulaban dos versiones. Mi tío decía que, durante la Guerra Civil, a Félix le tocó combatir en aquella zona y terminó quedándose para vigilar una masía o cuidar unas tierras. Según mi madre y la hermana de mi abuela, en cambio, había huido de Murcia con Joaquina después de un conflicto con sus hermanastros por una herencia.

Nunca supe cuál era cierta.

Quizá ninguna.

O quizá las dos contenían una parte de la verdad.

En la familia, Félix era casi un personaje de leyenda. Mi tío decía que se internaba en el monte para cazar jabalíes con un hacha. Que se enfrentaba a ellos de cerca y que uno llegó a engancharle una pierna. También contaba que conservaba escondidos entre aquellas montañas algunos rifles de la guerra. Disparaba al animal y después extraía la bala con el hacha para poder decirle a la Guardia Civil que lo había matado de aquella manera.

No sé cuánto había de verdad y cuánto había crecido la historia al pasar de una generación a otra.

Lo cierto es que, cuando fue mayor, tuvieron que amputarle las piernas. No por los jabalíes, sino por la diabetes.

Uno de los fines de semana en los que yo no pude viajar a Margalef, el Piri me envió una fotografía por WhatsApp. Era una imagen antigua. En el centro aparecía un jabalí enorme y, alrededor, casi todo el pueblo reunido en la plaza. Entre ellos estaba mi bisabuelo Félix.

—Buah, tío. Esta foto es brutal —le dije—. Cuando la vea mi familia va a alucinar.

Los dueños del bar se la habían enseñado al Piri al saber quién era yo.

Aquella fotografía era oro. Por primera vez podía ver a Félix dentro del lugar del que tanto había oído hablar. No era solo un nombre en una historia familiar. Estaba allí, rodeado por la gente del pueblo, junto al animal que habían cazado, en la misma plaza en la que yo me sentaba después de escalar.

Pero no todo lo que me contaron era bonito.

Una tarde, en el enorme salón del bar, el dueño señaló aquellas mesas y me explicó que allí se habían llegado a apostar auténticas fortunas. Mi bisabuelo era aficionado al juego y al vermut. Se sentaba en aquellas mismas sillas y, en más de una ocasión, Félix salía de allí dejando ver su parte más oscura.

Yo quería dejar algo en aquel lugar.

No sabía qué.

Hasta que se me ocurrió equipar una vía de escalada.

—Mamá, voy a crear una ruta en Margalef. Cuando equipas una vía nueva tienes que bautizarla, pero no sé qué nombre ponerle.

No tardó ni un segundo en responder.

—Llámala Soledad.

—¿Cómo?

—Sí. Soledad, como tu abuela. Además, estáis ahí arriba, solos por las paredes.

Me emocioné.

—Mamá, ese es el nombre.

Preparé el taladro, las brocas, los anclajes, la cuerda y todo el material. Cuando regresé a Margalef busqué una pared virgen, un trozo de roca en el que todavía no hubiera ninguna vía.

Subí por detrás hasta alcanzar la parte superior. Até una cuerda a un árbol y coloqué otro anclaje como seguridad. Después comencé a descender por la pared.

Poco a poco fui descubriendo la línea.

Me detenía, observaba la roca y buscaba los agarres. Perforaba con el taladro, colocaba los anclajes y limpiaba las zonas rotas o descascarilladas. Bajaba unos metros y volvía a empezar. El sonido de la broca atravesaba el valle y después regresaba el silencio.

Cuando llegué al suelo miré hacia arriba.

Allí estaba.

—Piri, asegúrame. Voy a probarla.

Me até la cuerda y empecé a escalar. El comienzo era muy duro, pero aquello era lo que había dado la pared. No quería fabricar una vía distinta de la que la roca había decidido ofrecerme. Según ascendía, los movimientos se volvían más sencillos.

Llegué al último anclaje.

—¡Pilla! ¡Bloca!

El Piri tensó la cuerda.

—Bájame, que quiero probarla —me gritó desde abajo.

—Espera. Déjame aquí un momento.

Me quedé suspendido en lo alto de la pared.

Debajo estaba Margalef. Las casas, la plaza, el bar, las montañas que habían guardado durante tantos años las historias de Joaquina, de Félix y de Soledad.

Había tardado años en descubrir que llevaba escalando sobre la historia de mi propia familia.

Miré hacia el cielo.

Una lágrima me recorrió la mejilla.

Sonreí.

El círculo estaba cerrado.

Con el tiempo comenzaron a equiparse nuevas vías alrededor. Aquel pequeño trozo de pared fue creciendo hasta convertirse en un sector.

Lo llamaron Sector Soledad.

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Bueno es saber que si no pasas por aqui es por que estas liado con otras cosas y no por otros motivos,veo que no paras .
Un fuerte abrazo

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Demasiadas cosas :sweat_smile:

Debo poner el freno…

Gracias :people_hugging:

Lo bueno es estar activo! Nunca son cosas de más.

Muy entretenido el capítulo la verdad, enhorabuena!

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me alegro de leerte… Un abrazo y animo

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